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lunes, 10 de diciembre de 2012

VELAS Y LÁMPARAS: SU USO LITÚRGICO


El fuego y la luz son uno de los elementos importantes en la Liturgia. En el Antiguo Testamento el fuego se asocia a la presencia de la divinidad. Los primeros cristianos pronto lo asociaron a Cristo resucitado.
Para la celebración de la Eucaristía son necesarias dos, cuatro o seis velas, que se ponen sobre el altar. Se pueden usar dos velas en los días feriales y las memorias, cuatro en las fiestas y seis en los domingos y solemnidades, aunque no es obligatorio. Un número impar de velas, concretamente siete, se ponen solamente cuando oficia el obispo diocesano.
En cuanto al color la costumbre es que sean blancas o de color crema. El uso de velas de colores resulta vulgar y es inadecuado, así como las eléctricas.
El material de que estén fabricadas debe ser de buena calidad, aunque no es obligatorio que lo sean de cera de abeja. Si hay corrientes de aire puede llevar protectores de cristal, siempre transparentes.
Su colocación en el altar debe ser de tal manera que no deben tapar la vista del celebrante. Deben colocarse a lo largo del altar, de manera simétrica, aunque también se ha puesto de moda colocarlas todas en un extremo, sobre todo si el altar es pequeño.
También se usan velas en la Vigilia pascual, tomando el pueblo su luz del cirio pascual y en el sacramento del bautismo.

Una “vela” muy importante litúrgicamente hablando es el cirio pascual (cirio procede de cera). Debe ser de cera de abeja y se enciende en la Vigilia pascual. Se le puede poner cinco granos de incienso para simbolizar las cinco llagas de Cristo y se decora con el alfa y el omega. Debe encenderse en la cincuentena pascual durante todas las celebraciones litúrgicas y en otras determinadas ocasiones, como en los bautismos y las exequias. Así, su luz acompaña al cristiano en el momento de su ingreso en la Iglesia y en su despedida de este mundo. En tiempo pascual estará situado en el presbiterio, cerca del ambón. El resto del año debe colocarse cerca de la pila bautismal.

En las misas solemnes, cuando interviene el cuerpo de acólitos, dos ciriales se colocan a los lados del ambón, durante la proclamación del Evangelio. También se colocan mirando al altar durante la Plegaria eucarística. Esto último no es aconsejable, a mi parecer, si la capilla o templo es pequeño y la presencia de los ciriales pudiese estorbar notablemente la visión del presidente y del altar.

La lámpara que arde perpetuamente junto al sagrario debe estar alimentada por aceite o con cera, aunque el obispo puede autorizar el uso de una lámpara eléctrica por motivos prácticos. En cualquier caso siempre es preferible una llama natural, que expresa ofrenda de luz. La costumbre actual es un vaso de color rojo.
Su posición puede ser sobre una repisa adosada a la pared o sobre un pedestal, aunque la forma más digna y tradicional es colgando. Nunca debe colocarse sobre el sagrario ni delante de la puerta del mismo. Las luces eléctricas o focos que en algunos lugares se disponen dirigidas al sagrario no pueden sustituir en ningún caso a la lámpara eucarística.

Por último, una referencia al uso de los cirios y ciriales en las cofradías. El color de la cera roja se asocia a hermandades sacramentales. En los tramos de Cristo aparece la cera color tiniebla, blanca o morada (penitencial) y excepcionalmente verde o negra. El color de los tramos de la Virgen suele ser blanco, a veces azul o tiniebla aunque el verde (esperanza) es frecuente en sus advocaciones. El cirio puede ser entero de ese color o sólo la cantora, dependiendo de los tramos.
Las velas de los ciriales que anteceden a los pasos deben ser del mismo color que las que lleven los pasos que los preceden.

sábado, 8 de diciembre de 2012

EL SAGRARIO

El «sagrario» o «tabernáculo» es un pequeño recinto, a modo de caja o armario, donde se guarda la Eucaristía después de la celebración para que pueda ser llevada a los enfermos o puedan comulgar fuera de la misa los que no han podido participar en ella.

La palabra «sagrario» ya indica que es el lugar donde se guarda lo sagrado. «Tabernaculum» en latín significa «tienda de campaña»: de ahí la fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas de Israel, y sobre todo la «tienda del encuentro» que era su punto de referencia a lo largo de la travesía del desierto. Ahora, la verdadera «tienda» es Cristo mismo (Hb 9,11.24), el Verbo que se ha hecho carne y ha plantado su tienda entre nosotros (Jn 1,14).
En los primeros siglos se guardaba la Eucaristía en casas particulares, con sumo respeto. A partir del S. XI se colocaba en un sagrario encima del altar.
Hoy día el sagrario no se coloca sobre el altar: «la presencia eucarística de Cristo, fruto de la consagración, y que como tal debe aparecer en cuanto sea posible, no se tenga ya desde el principio por la reserva de las especies sagradas en el altar en que se celebra la misa» (ROCE 6: E 986). La Eucaristía se reserva en un solo sagrarioen cada iglesia u oratorio, colocado en un lugar noble y destacado, convenientemente adornado, fijado permanentemente sobre un altar, pilar, o bien empotrado en la pared o incorporado al retablo. Debe estar construido de materia sólida (pueden ser metales preciosos como oro, plata, metal plateado, madera, cerámica y similares) y no transparente, cerrado con llave, en un ambiente que haga fácil la oración personal fuera del momento de la celebración, y por tantomejor en una capilla separada (capilla sacramental).
Sería un grave abuso colocar el sagrario en una capilla o lugar al fondo de la iglesia o detrás de los asientos de los fieles. Para que sea un lugar muy destacado o distinguido debe poder ser visto desde la nave y ser fácilmente localizable.
Es costumbre colocar un corporal dentro y recubrir sus paredes externas con un tejido rico o con oro (conopeo).
Junto al sagrario luce constantemente una lámpara, con la que se indica y honra la presencia de Cristo. La presencia del Señor en el sagrario se indica además, si es el modo determinado por la autoridad competente, por medio del conopeo (cf. IGMR 276-277; RCCE 9-11).
El conopero (del griego Konopeion) es una especie de velo o mosquitera a modo de tienda que cubre el sagrario. Su uso es facultativo y debe ser blanco o del color litúrgico del día, nunca negro. Este velo representa la tienda santa del Señor.
La lámpara que arde perpetuamente junto al sagrario debe estar alimentada con aceite o cera, nunca con otro combustible. Es preferible la luz natural pero el obispo puede autorizar una luz eléctrica.
En definitiva, el sagrario es, en palabras de Pablo VI, el corazón vivo de cada una de nuestras iglesias. Por esa razón, el espacio que rodea al sagrario debe conducir a la adoración y oración personal, con asientos, reclinatorios y libros de espiritualidad eucarísticos que ayuden a adorar a nuestro Señor.