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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Homilía de Juan Pablo II - Inmaculada Concepción

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Juan Pablo II: La Inmaculada es «signo de esperanza para todos los vivientes»

Homilía en la Eucaristía en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 8 diciembre 2004
* * *


1. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28).

Con estas palabras del Arcángel Gabriel, nos dirigimos a la Virgen María varias veces al día. Las repetimos hoy con ferviente gozo, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordando aquel 8 de diciembre de 1854, cuando el beato Pío IX proclamó este admirable dogma de la fe católica precisamente en esta Basílica vaticana.

Saludo cordialmente a cuantos hoy están aquí reunidos, en particular a los representantes de la Sociedades Mariológicas Nacionales, que han tomado parte en el Congreso Mariológico Mariano Internacional, organizado por la Pontificia Academia Mariana.

Saludo también a todos vosotros, aquí presentes, queridísimos hermanos y hermanas, que habéis venido a rendir filial homenaje a la Virgen Inmaculada. Saludo de manera especial al señor cardenal Camillo Ruini, a quien renuevo la felicitación más cordial por su jubileo sacerdotal, expresándole toda mi gratitud por el servicio que con generosa dedicación ha prestado y sigue prestando a la Iglesia como mi vicario general para la diócesis de Roma y como presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

2. ¡Qué grande es el misterio de la Inmaculada Concepción que la Liturgia de hoy nos presenta! Misterio que no cesa de atraer la contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos. El tema del Congreso ahora recordado --«María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia»-- ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su vientre virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano.

«Llena de gracia»: con este apelativo, según el original griego del Evangelio de Lucas, el Ángel se dirige a María. Es este el nombre con que Dios, a través de su mensajero, quiso calificar a la Virgen. De esta forma Él la pensó y vio desde siembre, ab aeterno.

3. En el himno de la Carta a los Efesios, antes proclamado, el Apóstol alaba a Dios Padre porque «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo» (1,3). ¡Con qué especialísima bendición Dios se dirigió a María desde el inicio de los tiempos! ¡Verdaderamente bendita, María, entre todas las mujeres (Cf. Lc 1,42)!

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (Cf. Ef 1,4-5).

4. La predestinación de María, como la de cada uno de nosotros, es relativa a la predestinación del Hijo. Cristo es aquella «estirpe» que «aplastaría la cabeza» a la antigua serpiente, según el Libro del Génesis (Cf. Gn 3,15); es el Cordero «sin mancha» (Cf. Ex 12,5; 1 P 1,19), inmolado para redimir la humanidad del pecado.

En previsión de la muerte salvífica de Él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de cualquier otro pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. La Inmaculada es así signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a satanás por medio de la sangre del Cordero (Cf. Ap 12,11).

5. Contemplamos hoy a la humilde muchacha de Nazaret santa e inmaculada en la presencia de Dios en la caridad (Cf. Ef 1,4), esa «caridad» que en su fuente originaria es Dios mismo, uno y trino.

¡Obra sublime de la Santísima Trinidad es la Inmaculada Concepción de la Madre del Redentor! Pío IX, en la Bula Ineffabilis Deus, recuerda que el Omnipotente estableció «con un solo y mismo decreto el origen de María y la encarnación de la divina Sabiduría» (Pii IX Pontificis Maximi Acta, Pars prima, p. 559).

El «sí» de la Virgen al anuncio del Ángel se sitúa en lo concreto de nuestra condición terrena, en humilde obsequio a la voluntad divina de salvar la humanidad no desde la historia, sino en la historia. En efecto, preservada libre de toda mancha de pecado original, la «nueva Eva» se ha beneficiado de modo singular de la obra de Cristo como perfectísimo Mediador y Redentor. Redimida en primer lugar por su Hijo, partícipe en plenitud de su santidad, Ella es ya lo que toda la Iglesia desea y espera ser. Es la imagen escatológica de la Iglesia.

6. Por esto la Inmaculada, que señala «el inicio de la Iglesia, esposa de Cristo sin mancha y sin arruga, resplandeciente de belleza» (Prefacio), precede siempre al Pueblo de Dios en la peregrinación de la fe hacia el Reino de los cielos (Cf. Lumen gentium, 58; Enc. Redemptoris Mater, 2).

En la concepción inmaculada de María la Iglesia ve proyectarse, anticipada en su miembro más noble, la gracia salvadora de la Pascua.

En el acontecimiento de la Encarnación encuentra indisolublemente al Hijo y a la Madre: «al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre» (Redemptoris Mater, 1).

7. A Ti, Virgen Inmaculada, por Dios predestinada sobre toda criatura como abogada de gracia y modelo de santidad para su pueblo, renuevo hoy en modo especial la confianza de toda la Iglesia.

Sé Tú quien guíe a sus hijos en la peregrinación de la fe, haciéndoles siempre más obedientes y fieles a la Palabra de Dios.

Sé Tú quien acompañe a cada cristiano en el camino de la conversión y de la santidad, en la lucha contra el pecado y en la búsqueda de la verdadera belleza, que es siempre huella y reflejo de la belleza divina.

Sé Tú quien obtenga paz y salvación para todas las gentes. Que el Padre eterno, que Te ha querido Madre inmaculada del Redentor, renueve también en nuestro tiempo, por medio de ti, los prodigios de su amor misericordioso. ¡Amen!

LA INMACULADA CONCEPCIÓN - 8 DICIEMBRE

Inmaculada Concepción
Basílica S. Juan de Ávila
-Montilla (Córdoba)-

El ocho de diciembre la Iglesia católica celebra con gozo la solemnidad de laInmaculada Concepción.Como creencia piadosa fue defendida expresamente en Sevilla desde el S. XVI y declarado dogma por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 por la Bula Ineffabilis Deus.Previamente el papa Sixto IV introdujo esta fiesta en el calendario romano en 1476 y en el Misal de san Pío V ya figuraba sólo como memoria.


La concepción inmaculada de María era especialmente defendida por los franciscanos, siguiendo las enseñanzas de Duns Scotto, y era combatida por los dominicos que seguían la enseñanza de Santo Tomás en el sentido de que sólo Cristo había estado libre del pecado original y que la Virgen fue purificada en el momento de su concepción. Si Cristo redimió a todos los hombres (redención universal) también redimió a María y si Ella no tuvo pecado original entonces ¿cómo pudo ser redimida? Este razonamiento tomista implicaba que para que la redención fuese universal debía abarcar a toda la Humanidad incluyendo a la Virgen y para que Ella fuera redimida debía haber tenido al menos el llamado “pecado original” que todos los humanos por el hecho de serlos traemos al mundo.

El dogma hay que entenderlo como un
 privilegio especial concedido a su Madre, ya que la Virgen tuvo una "redención profiláctica": Cristo impidió que tuviese pecado pero ese hecho la Virgen se lo debe a Él, luego Ella fue también redimida, aunque de otra forma que el resto de los mortales (como el médico que cura al enfermo o impide preventivamente que alguien contraiga la enfermedad: en ambos casos el médico es quien cura).

La llamada
 "pía opinión" (defensora de la idea de que la Virgen había sido concebida sin pecado original) era claramente defendida por los franciscanos (Duns Scoto), en unos debates que nacen en el S. XII y en Sevilla era opinión mayoritaria como demuestra el hecho de que el Cabildo de la catedral sevillana celebrara la fiesta de la Inmaculada desde 1369. Scoto razonaba de la siguiente manera: dado que las Escrituras no aclaran si la Virgen fue o no concebida sin pecado original y que las opiniones sobre este tema pueden ser tres, él defendía la más favorable a la Virgen. Las tres opiniones se resumen en que o bien la Virgen fue concebida por sus padres Joaquín y Ana sin pecado original (pía opinión), o bien fue concebida con pecado original y purificada nada más nacer o en tercer lugar que fue concebida con pecado original y fue purificada posteriormente.

Litúrgicamente esta solemnidad tiene el privilegio de poder usar el color azul en España y Latonoamérica. En Córdobaesta solemnidad tiene una especial relevencia, celebrándose en la catedral además de su solemnidad la ordenación de diáconos.
Tiene su Misa propia del día.

Particularidades litúrgicas del Tiempo de Adviento




 El Tiempo de Adviento, propio de la liturgia romana, es uno de los tiempos llamados "fuertes" del Año Litúrgico (junto con el de Cuaresma y el de Pascua. -El de Navidad podría considerarse "semi-fuerte" por razones que esgrimiré en alguna entrada ulterior-).
Las dos solemnidades litúrgicas más importantes son las de Pascua y Navidad. Por serlo, requieren de una especial preparación. Es la razón de ser de los "tiempos extraordinarios" que les preceden, a saber, Cuaresma y Adviento, respectivamente. Este último consta de un máximo de cuatro semanas. La última a menudo suele ser incompleta. Comienza el domingo más proximo a la festividad del apóstol San Andrés (30/11), y concluye al aterdecer del 24 de diciembre, antes de las primeras vísperas de la solemnidad del Natalicio de nuestro Señor Jesucristo.
El Adviento, de acuerdo con la normativa litúrgica vigente, ya no es tanto un tiempo penitencial propiamente dicho, como llegó a serlo en tiempos pasados, cuanto un tiempo de esperanza, de gozo y de santa ansiedad.


Consta de dos etapas, claramente identificables:

-La primera, que se extiende desde las primeras vísperas del primer domingo hasta el día 16 de diciembre inclusive.
En esta etapa la Madre Iglesia nos invita a meditar sobre la Parusía de nuestro Señor, sobre la caducidad de los bienes terrenos y la fugacidad de nuestras vidas. Tiene un marcado carácter escatológico, el cual ya ha tenido su pórtico en la última semana del Tiempo Ordinario, también ella de matiz netamente escatológico.


-La segunda, la más importante, se extiende desde el día 17 de diciembre hasta el atardecer del 24. En ella la Iglesia nos exhorta a meditar sobre los acontecimientos que precedieron inmediatamente a la primera Venida del Señor según la carne. La liturgia de las Horas llama a esta etapa "la semana santa de Navidad". En efecto, los días comprendidos entre el 17 y el 24 de diciembre son de santa expectación, de alegre espera, sentimientos tanto más intensos cuanto más inminente se hace la llegada de la Navidad.
En esta etapa se rezan (o mejor, se cantan) las más que célebres Antífonas "O", que son apremiantes llamamientos al Mesías que llega, tomados de títulos bíblicos. En la Liturgia de las Horas constituyen las antífonas propias del Cántico evangélico del Magníficat, en tanto que en la Misa, se han integrado para ser cantados en los versículos antes del Evangelio.
Estos días que van del 17 al 24 de diciembre se consideran "ferias privilegiadas", como así también los días de la semana que le sigue, hasta el 31. Las memorias de los santos pueden celebrarse solamente en forma simplificada. Son las llamadas Conmemoraciones, concepto litúrgico al que hace unos meses dediqué una entrada de este mismo blog.

Los domingos
Los domingos de Adviento son cuatro:
El primero es marcadamente escatológico, puesto que pone a nuestra consideración los "novísimos" o "postrimerías", es decir las llamadas "realidades últimas" del hombre (muerte, juicio, infierno y gloria).
El segundo nos presenta la egregia figura de San Juan Bautista, el Precursor del Señor, y nos hace escuchar de sus labios el siempre actual llamado a la conversión y el anuncio de que el Reino de Dios está entre nosotros en la Persona misma del Mesías que viene.
El tercero es el llamado domingo Gaudete, todo él una invitación y un cántico a la alegría por la proximidad de la Navidad. (En una entrada próxima me referiré más explícitamente a las peculiaridades de este singular domingo).
El cuarto domingo es de señalado carácter mariano. Contemplamos a la Virgen Madre que aguarda con entrañable amor el Nacimiento del Salvador que aún lleva en su seno virginal.


La Inmaculada Concepción

Es la solemnidad por excelencia del Tiempo de Adviento. Siempre cercana al segundo domingo, -u ocurrente con él, en cuyo caso es trasladada, (como sucederá en 2013)-, nos presenta a María, preservada de toda mancha desde el primer instante de su existencia en el seno de la santa madre Ana.
Al celebrar esta solemnidad en un tiempo tan particular como el de Adviento la liturgia nos hace contemplar, más allá de la divergencia cronológica de estos dos Misterios, la Inmaculada Concepción de la Madre a la luz de la del Hijo, cuya Encarnación es la razón de ser de aquella prerrogativa mariana jamás concedida a criatura alguna sobre la Tierra.


La Corona de Adviento:

Originaria de costumbres paganas en países nórdicos, debo aclarar que la Corona de Adviento no es un signo estrictamente litúrgico. Sin embargo, la misma liturgia, al "cristianizarla", la ha asumido (facultativamente, por supuesto), introduciéndola o en los ritos iniciales de la Misa o al comienzo del rezo de la Liturgia de las Horas.
La Corona consta de ramos verdes (deben evitarse las flores) y de cuatro cirios, que van encendiéndose progresivamente en cada uno de los domingos. Es un modo de evocar el misterio de un mundo en tinieblas, que a lo largo de generaciones y generaciones aguardaba al Mesías prometido, que traería la salvación a los hombres. A medida que se acercaba la plenitud de los tiempos, la espera del Salvador era como una luz que se acrecentaba y que era prenda y anticipo de los tiempos nuevos anunciados por los profetas. Todo esto quiere significar el gradual encendido de los cirios. Suelen ser tres morados y uno rosado, que se enciende en el domingo Gaudete, al que aludimos más arriba.
Hay quienes en la Nochebuena, queriendo significar el cumplimiento de la promesa de la Venida del Mesías, suelen colocar una quinta vela en el centro de la Corona, de color blanco. Puede ser significativo, pero se aparta de lo que siempre ha sido la Corona en sí, con solamente cuatro cirios. Para expresar la Presencia del Mesías no parece más elocuente ese cirio blanco que la venerable imagen del Niño que, recién esa Noche se coloca en el pesebre ya armado unas semanas antes.
La forma circular propia de cualquier corona (aunque no siempre se respete), simboliza la eternidad de un Dios que, siendo indulgente ante nuestra constantemente renovada caída en pecado, por puro amor, irrumpe en nuestra historia para purificarnos de toda mancha e invitarnos a compartir su gloria, constituyéndonos hijos y herederos.


El himno Gloria in excelsis Deo


Este himno se omite durante el Adviento, salvo en las fiestas y solemnidades litúrgicas. La liturgia actual nos explica que el motivo de tal omisión, difiere de la razón por la cual el mismo himno también se omite en Cuaresma. De hecho, este último tiempo, al ser de carácter estrictamente penitencial, excluye el Gloria.
En Adviento, en cambio, se omite por el hecho de que esta aclamación fue cantada por los mismos ángeles solamente cuando se cumplió el tiempo y Dios envió a su Hijo al mundo, esto es, en la santísima Noche de Navidad, y no antes. Y como el Adviento hace memoria justamente de "este antes", parece oportuno reservar el Gloria para entonarlo con renovado fervor y con perenne actualidad, en la Nochebuena, como expresión de que el Mesías, por la gracia, sigue "naciendo" en nuestras almas.


La Liturgia de la Palabra


Durante el Adviento se leen la profecías que se refieren a la salvación prometida por Dios a su pueblo. Se proclaman también las cartas paulinas que tratan temas como el de la conversión, la esperanza y la alegre espera.
En las ferias predominan las páginas evangélicas de Mateo en la primera etapa, y de Lucas en la segunda.
Las figuras bíblicas más representativas de este bendito tiempo son la Santísima Virgen, el arcángel San Gabriel, San José, San Juan Bautista, el santo patriarca Abraham y el santo profeta Isaías.


Los textos eucológicos


-Hay un Saludo inicial propio de este tiempo.
-Cada domingo y cada feria tiene su oración colecta, sobre las ofrendas y de después de la Comunión propias.
-Hay cuatro tradicionales Prefacios de Adviento, relacionados con las temáticas respectivas de cada etapa. El cuarto, netamente mariano, se llama "La Nueva Eva".
Algunos países, con la previa aprobación de la Santa Sede, han incorporado un quinto Prefacio para usar durante este tiempo.
-Hay también una Bendición solemne de Adviento en el Misal.

El color litúrgico

El color litúrgico propio del Adviento es el morado, que expresa el recogimiento necesario para una piadosa espera del Mesías. Se exceptúan el Domingo III, en que se usan ornamentos rosados, como así también las memorias, fiestas y solemnidades de la primera etapa de este tiempo, y las fiestas y solemnidades de la segunda.